El hombre de negro.
Ahora que veo el cartel que señala "Teodelina, 10 kilómetros" me acuerdo de Varelita.
A Varelita, nunca, nadie, pudo acertarle la edad, obstinado como siempre estuvo en no crecer, en cruzar a todas las generaciones, en ser cómplice de las camadas de adolescentes que pasaban los días en el pueblo.
A Varelita, además de la edad, no se le conocía oficio alguno. El sólo parecía querer ser árbitro de fútbol. Pero no. Esa era su estratagema para no dejarle paso a la madurez, palabra que de tan hueca termina por no decir nada.
Todas las veces que se planteaba el desafío de un picado en el baldío frente al Hotel Plaza o en la canchita de la iglesia, recurríamos a Varelita: era la mejor forma de hacerlo feliz. Ahora creo que en verdad era la mejor forma de hacernos felices.
Y ahí iba Varelita, con un desvencijado silbato que alguna vez fue profesional y del que él se sentía orgulloso enrostrándonos que era reglamentario de AFA. Una cajita de chiclets Adams era su tarjeta amarilla y un paquete de Jockey Club aplastado oficiaba de tarjeta roja. La que Varelita nunca sacaba.
El gran momento de Varelita sucedió cuando le dieron vía libre para que sea juez de línea en un torneo preparatorio de sexta división de la Liga Venadense, lo que le dio pie a la radio de circuito cerrado del pueblo a hablar de "Varelita, el hombre de negro".
Fuera de los sábados gloriosos de superacción futbolera, a Varelita sólo le importada tener su portátil pegada al oído, el dial eternamente clavado en radio Rivadavia y la Oral Deportiva como programa favorito. Así se lo veía a Varelita en la puerta de su casa, mechando puteadas porque nadie se ocupaba de su Vélez querido.
Jamás nos olvidábamos de invitar a Varelita a cuanto asado organizábamos para saldar cuentas pospartido. Varelita aprovechaba el momento para darle lustre a su catarata informativa: se despachaba hablando de la historia del fútbol argentino, las formaciones de los equipos y los pronósticos. Varelita tiraba datos, números y nombres con una velocidad que lo terminaba atragantando.
Ahora, a punto de entrar en el terreno de "zona urbana" que marca otro cartel, me doy cuenta cómo me gustaría verlo a Varelita sentado en el mismo lugar de siempre, con su cara aniñada y el pelo cortado al ras. Ir a su encuentro esperando que una voz chillona ordene desde su portátil: "Roberto Ayala, la deportiva".
Quisiera no darme cuenta de que han pasado 30 años, los suficientes como para que nada esté en su lugar. Aun en mi pueblo, aun sin Varelita.

Alfred dijo
Lindísimo relato.
17 Junio 2011 | 10:02 PM