Vidrios
Por Fernando Martínez
como la noche hermosa que la llevó al balcón a dejarse arrastrar por el cansancio hasta dormirse.
El edificio vidriado del hotel había resultado una tentación para ella desde el mismo momento en que se mudó, hace casi dos años. Cuando la luz mortecina de un velador se encendía en en alguna habitación sus ojos no podían menos que trasladarse hacia allí. ¿Desde las habitaciones podían hacer foco en su actitud fisgona?, se pregunto mil veces, y mil veces la respuesta fue afirmativa. De todos modos, nada se salía de la rutina: turistas que prolijamente deshacían sus valijas, alguno que a esa hora de la noche era ganado por la sed e iba hasta el frigobar a hacese de una botella de agua. Cuando alguien quería tener intimidad corría las cortinas y a otra cosa.
Pero ahora es distinto. La silueta del hombre se recorta y los ojos parecen penetrar en ella como una daga. Mira hacia todos lados buscando la salida esperanzadora de que no esla destinataria de esos movimientos enjundiosos del puño derecho del tipo que, a las 3.20 de la madrugada, desde el piso 20 del cinco estrellas, busca el climax masturbatorio.
Siempre se había reconocido como una mojigata, de hecho sus amigas (menos Laura, que la conocía mejor que todas) se burlaban de sus comentarios censuradores en cualquier cena en
la que se hablara de intimidades de parejas ocasionales, maridos o patrones bajo las sábanas. Ahora ni siquiera quiere apagar a luz del balcón y perderse en el interior del living, bajar la persiana y no saber más nada de su voyeur sorpresivo.
Hace como que mira a un costado para descentrar los ojos de esa figura que se apea, pero con el rabillo izquierdo comprueba que ahora el hombre se controrsiona como un epilépitco, se deja caer sobre una cama y lanza un chorro que alcanza a ver pese a los vidrios esmerilados. "Ahora la llamo a Lau y le cuento todo, no lo va a poder creer. Otra vez pensará que es fruto de una mente retorcida", lucubra Isol.
Sigue observando compulsivamente, tratando de conocer algún detalle corpóreo de su admirador en la penumbra. El hombre se acerca cada vez más al vidrio y pega un cartel con letras enormes. No puede distinguir qué es lo que le quiere transmitir y maldice su presbicia. Se levanta del sillón del que había dejado de columpiarse hace rato, corre hasta la mesa del living, se calza los lentes y, al fin, puede leer:
_La espero en el bar hotel... No loco
Evidentemente es un turista extranjero al que le cuesta conjugar los verbos en español, cree.
Ahora su cuerpo parece estragado por el temblor, las manos sudan y la adrenalina navega a todo vapor. Qué no va a estar loco, está de remate, piensa. Se siente dispuesta, ahora
sí, a llamar a Laura, aun a riesgo de que la tome por loca, diciéndole que esas cosas sólo pasan en las películas de Kubrick. Vuelve a mirar hacia la habitación y las luces ya están apagadas. El tipo debe estar esperándola con un JB en la mano y... Y no quiere pensar nada más.
Va al baño, se pega una ducha rápida procurándo no mijar su pelo, decide estrenar un conjunto de ropa interior rojo salvaje, se calza su mini negra y una musculosa que le realza sus pechos, cierra la puerta del 20º C, toma el ascensor y, a paso acelerado,
cruza Moreno en dirección al hotel. El calor y la humedad de enero se hacen más rigurosos.
El lobby luce desierto. Lo único amable que encontró fue el rostro del conserje que, ahora, con una media sonrisa la invita a trasladarse hasta el bar, en el entrepiso.
Recién ahí parece entrar en terreno "slow". ¿Y si el tipo era un border? Cuando intenta formular el segundo interrogante, alguien la toma de su cintura con suavidad y le susurra al oído.
_ Bienvenida Isol, hace diez años que te espero.
Reconoce la voz al instante. Es Horacio Salvatierra Lynch, su amigo, su colega, el que primero le enseñó los secretos de la profesión. El doctor Salvatierra Lynch, jefe de Neonatología del Hospital Alemán. Horacito, el hijo del íntimo amigo de su padre. El que la recomendó para ingresar al hospital, al que ve todos los días con cara de nada. El.
_Dejame que te explique Isol. Hace años que estoy loco por vos y nunca me miraste, nunca te diste cuenta. Creés que sólo me importan mis amigos del Yacht... No, flaca lo único importante sos vos. Si no hacía esto, jamás me iba a animar a decírtelo. Te quiero.
Horacito se abalanza sobre ella, la cobija en sus brazos y extiende su lengua hasta el fin de la garganta. Se deja caer en un sillón mullido y recién ahí toma nota de que al fin estaban en un bar, que alguien estaría mirándolos.
_ ¡Estás loco, Horacio, nos deben estar viendo!
_Nadie nos ve, no hay nadie, subamos a la habitación. Por favor, te lo suplico.
El ascensor vidriado deja ver los neones de la ciudad, un cielo límpido. Mientras sube lentamente, él la besa, le mete sus manos por debajo de la musculosa, repite como un mantra cosas que ella no puede entender.
Hicieron el amor hasta las seis de la mañana, no preguntó nada, sólo dejó que Horacito la penetre con torpeza. Una, dos, tres veces. Ella no sintió nada, sólo pensó en cómo se habían conocido, en la repulsión que le generaban los relatos sobre sus veraneos en Punta del Este, su ristra de amigos de doble apellido, su jactancia por los premios en el exterior, sus seminarios en Barcelona, su desdén por todo lo demás. Y la risa sardónica
de Laurita tras su frase preferida cuando se juntaban, a la hora del té, en el bar del Alemán:
_Ahí viene el doctor Horacito Salvatierra Lynch, cornudo profesional, jua, jua, jua
__Ay, Lau, no seas tan mala. Pobre tipo, la debe pasar mal con esa mujer_, repetía Isol mientras Carmen, Victoria y Marisa hacían causa común con Laurita.
Con el olor a hotel impregnado en la piel, se asoma al vidrio y semblantea su propio departamento con las luces encendidas. Se había olvidado de apagarlas ante el impulso irrefrenable de una aventura de esas que solamente se presentan una vez en la vida
Horacito duerme sin calma, los ronquidos la predisponen peor que esas dos horas de sexo sin sentido.Qué diría Lau. Casi lo imaginó.
_Se hizo una paja y se echó tres polvos en 90 minutos, ¿lo tenías al cornudo de Salvatierra Lynch? Y vos que la vas de carmelita descalza... No jodas más Isol. si tenías ganas de coger te hubieras buscado otra cosa, no a ese pelotudo insoportable.
Una lágrima indomable se le escapa por la mejilla derecha. Se pone cara a cara con Horacito, quien duerme profundo, como habíendose tragado una tonelada de Alplax.
Un escupitajo de un grosor inimaginable sale de su boca y se incrusta en el entrecejo de su amante furtivo.
_Tomá, hijo de puta...., apenas balbucea, como recuperándose de semejante esfuerzo.
Se viste rápidamente, agarra las ropas de Horacito, las introduce en una de las típicas bolsas de hotel, va hasta el baño, abre un ventiluz y la tira. Cuando llega a planta baja se encuentra con el rostro amable del conserje. Su risa es ancha, como la del que sabe todo pero jamás lo dirá.
_Buenos días, señorita. Gracias por habernos visitado.
Isol le devuelve la mejor sonrisa, cruza la calle; el primer sol de la madrugada parece una muñeca inflamable.
Aprieta play y la voz de Beth Orton suena más dulzona que nunca desde el reproductor. "And it takes all my might/and it'll take all my day/and if it wants me to come/well i
know i'm gonna stay".
Un cuchillo ensangrentado voló desde su ventana hacia la nada.

Osiris dijo
Estupendo relato, te pone piel de gallina. ¿Esto fue publicado, es parte de un libro?Por favor manden data. osiris
14 Abril 2007 | 04:08 AM