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La Coctelera

lucesdelaciudad

Categoría: libros

17 Agosto 2009

En lo alto para siempre/ Foster Wallace

En lo alto para siempre
por David Foster Wallace

Feliz cumpleaños. Tu decimotercer cumpleaños es importante. Tal vez sea tu primer día realmente público. Tu decimotercer cumpleaños es la ocasión para que la gente se dé cuenta de que te están pasando cosas importantes.
Te han estado pasando cosas durante el último medio año. Ahora tienes siete pelos en tu axila izquierda. Doce en la derecha. Espirales duras y amenazadoras de pelo negro y encrespado. Un pelo crujiente, animal. Alrededor de tus partes íntimas te han salido más pelos duros y rizados de los que puedes contar sin perderte. Y otras cosas. Tu voz es llena y rasposa y se mueve entre octavas sin previo aviso. Tu cara empieza a brillar cuando no te la lavas. Y dos semanas de dolor profundo y temible la pasada primavera hicieron que algo se te descolgara desde dentro: tu saco se ha llenado y se ha vuelto vulnerable, un articulo de lujo que tienes que proteger. Levantado y amarrado por unos suspensorios prietos que te dejan rayas rojas en las nalgas. Te ha brotado una nueva fragilidad.
Y sueños. Durante meses has tenido sueños que no se parecían a nada que hubieras visto antes: húmedos, trepidantes y distantes, llenos de curvas cimbreantes, de pistones frenéticos, de calor y de un vértigo tremendo. Y te has despertado con los párpados convulsos al ritmo de una descarga, un borbotón y un espasmo que te ha sacudido desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies procedente de una zona en las profundidades de tu interior que nunca imaginabas que tuvieras, estremecimientos producidos por un dolor profundo y dulce, las farolas del otro lado de las persianas de tus ventanas proyectando estrellas brillantes en el techo negro del dormitorio, y una gelatina blanca y densa rezumándote entre las piernas, goteando y pegándose, enfriándose sobre ti, endureciéndose y aclarándose hasta que no queda nada más que nudos retorcidos de pelo animal duro y pálido en la ducha matinal y en esa maraña húmeda persiste un olor dulce y limpio que no puedes creer que proceda de nada que tú hayas creado en tu interior.

Más que a ninguna otra cosa, el olor se parece a esta piscina: una sal dulce mezclada con lejía, una flor de pétalos químicos. La piscina tiene un fuerte olor azul claro, aunque ya se sabe que el olor nunca es tan fuerte como cuando uno está dentro del azul, como tú ahora, recién salido del agua, descansando en la parte menos profunda de la piscina, con el agua a la altura de las caderas lamiéndote esa zona que te ha cambiado.
La terraza de esta vieja piscina pública situada en el extremo occidental de Tucson está rodeada por una verja Cyclone del color del peltre, decorada con un enredo brillante de bicicletas sujetas con cadenas. Detrás de la verja hay un aparcamiento negro y caluroso lleno de líneas blancas y coches resplandecientes. Un prado indistinto de hierba seca y matojos duros, cabezas aterciopeladas de viejos dientes de león que estallan y flotan como copos de nieve en el viento que se levanta. Y más allá de todo esto, doradas por un redondo y lento sol de septiembre, están las montañas, dentadas, con los ángulos agudos de sus picos recortándose contra una luz cansina de color rojo intenso. Sobre el fondo rojo sus picos afilados y conectados trazan una línea serrada, el electrocardiograma del día que agoniza.
Las nubes se tiñen de color en el borde del cielo. Flotan lentejuelas en el azul claro del agua, a esa temperatura cálida propia de las cinco de la tarde, y el olor de la piscina, igual que el otro olor, conecta con una niebla química que hay dentro de ti, una penumbra interior que desvía la luz hacia los bordes y difumina la distinción entre lo que termina y lo que empieza.
Tu fiesta es esta noche. Esta tarde, la tarde de tu cumpleaños, has pedido permiso para venir a la piscina. Querías venir solo, pero un cumpleaños es un día familiar, tu familia quiere estar contigo. Es amable por parte de ellos, no sabes explicar por qué querías venir solo, y la verdad es que tal vez no quisieras estar realmente solo, de manera que han venido. Están tomando el sol. Tu padre y tu madre toman el sol. Sus hamacas han estado señalando la hora toda la tarde, siguiendo la curva del sol a través de un cielo despejado y tan recalentado que ha adquirido la textura de una película gelatinosa. Tu hermana juega a Marco Polo cerca de ti en la parte menos profunda con un grupo de niñas flacas de su curso. Le toca a ella quedar, dice «Marco» y ha de perseguir a ciegas a quienes le replican chillando «Polo». Tiene los ojos cerrados y va dando vueltas al compás de un coro de gritos, girando en el centro de una rueda de niñas chillonas con gorros de baño. De su gorro sobresalen flores de goma. Los pétalos de color rosa viejos y flácidos tiemblan cada vez que ella se abalanza en dirección a los ruidos invisibles.
En el otro extremo de la piscina están el «tanque», la zona destinada a saltos, y la torre elevada del trampolín. En la terraza de detrás está la CAF TERÍA, y a ambos lados de la misma, atornillados sobre las entradas de cemento de las duchas oscuras y húmedas y los vestuarios, están los megáfonos de metal gris que emiten el hilo musical de la piscina, ese ruidito metálico y mortecino.
Caes bien a tu familia. Eres inteligente y callado, respetuoso con los mayores, aunque no te faltan agallas. Te portas bien en general. Vigilas a tu hermana pequeña. Eres su aliado. Tenías seis años cuando ella tenía cero y estabas enfermo de paperas cuando la trajeron a casa envuelta en una manta amarilla muy suave; le diste un beso de bienvenida en los pies por miedo a contagiarle las paperas. Tus padres dijeron que aquello era un buen augurio. Que marcaba la tónica. Ahora creen que tenían razón. Están orgullosos de ti y satisfechos en todos los sentidos y se han retirado a esa distancia afable en la que se mueven el orgullo y la satisfacción. Os lleváis bien. Feliz cumpleaños. Es un gran día, tan grande como la bóveda del cielo del suroeste. Lo has estado cavilando. Ahí arriba está el trampolín. Pronto querrán marcharse. Súbete y hazlo.
Te sacudes de encima la limpieza azul. Estás lleno de cloro, suave y resbaladizo, reblandecido, con las yemas de los dedos arrugadas. La niebla de olor demasiado limpio de la piscina se te ha metido en los ojos; descompone la luz en colores suaves. Te golpeas la cabeza con la base de la mano. En un lado de la cabeza suena un eco fofo. Inclinas la cabeza hacia ese lado y das un saltito, un calor repentino en tu oído, delicioso, mientras el agua calentada en tu cerebro se enfría en el nautilo exterior de tu oreja. Ahora oyes la música más nítida y metálica, los gritos más cercanos, mucho movimiento en mucha agua.
La piscina está llena para ser tan tarde. Hay chicos flacos, hombres peludos como animales. Chicos desproporcionados, todo cuello, piernas y articulaciones huesudas, estrechos de pecho y vagamente parecidos a pájaros. Como tú. Hay ancianos que se mueven a tientas por la parte menos profunda con las piernas rígidas como patas de palo, palpando el agua con las manos, fuera de todos los elementos a la vez.
Y niñas-mujeres, mujeres, curvilíneas como instrumentos o como frutas, con la piel barnizada de color castaño oscuro, la parte superior de sus bañadores sostenida por frágiles nudos de cordón de colores delicados que aguantan el peso de cargas misteriosas, la parte inferior encabalgada sobre las suaves prominencias de unas caderas totalmente distintas a las tuyas, hinchazones desmedidas y giratorias que se funden bajo la luz con un espacio circundante que sostiene y acomoda sus curvas suaves como si fueran objetos preciosos. Casi lo puedes entender.
La piscina es un sistema de movimientos. Aquí y ahora se ven: chapoteos, combates de salpicaduras, zambullidas, acorralamientos en las esquinas, Tiburones y Sardinas, caídas desde lo alto, Marco Polo (tu hermana todavía Lo es, medio llorosa, hace demasiado rato que Lo es, el juego rayano en la crueldad, pero no te compete defenderla ni avergonzarla). Dos chicos de color blanco brillante con toallas de algodón atadas como si fueran capas corren por el borde de la piscina hasta que el socorrista les hace detenerse en seco gritando por el megáfono. El socorrista es de color castaño como un árbol, el vello rubio le forma una línea vertical sobre el estómago, lleva un sombrero de explorador de la selva y su nariz es un triángulo blanco de crema. Una niña rodea con el brazo una de las patas de su torreta. Está aburrido.
Ahora sales y pasas junto a tus padres, que están tomando el sol y leyendo y no te miran. Olvídate de tu toalla. Detenerse a recoger la toalla significa hablar y hablar requiere pensar. Has decidido que el miedo lo causa básicamente el hecho de pensar. Sigue adelante, hacia el tanque que hay en el extremo hondo de la piscina. Al borde de tanque hay una torre enorme de hierro de color blanco sucio. Un trampolín sobresale de la alto de la torre como una lengua. La terraza de cemento de la piscina es áspera y está caliente al tacto de tus pies llenos de cloro. Cada una de las huellas que dejas es más fina y tenue. Va menguando detrás de ti sobre la piedra caliente hasta desaparecer. Flotan hileras de salchichas de plástico alrededor del tanque, que es un mundo en sí mismo, ajeno al ballet convulsivo de cabezas y brazos del resto de la piscina. El tanque es azul como la energía, pequeño y profundo y perfectamente cuadrado, flanqueado por las calles de la piscina y por la cafetería y la terraza áspera y caliente y la sombra inclinada bajo la luz del atardecer de la torre y el trampolín. El tanque está silencioso y tranquilo y quieto en el lapso entre dos zambullidas.
Tiene un ritmo propio. Como la respiración. Como una máquina. La cola de quienes esperan para subir al trampolín forma una curva que retrocede desde la escalera de la torre. La cola se tuerce gradualmente y se endereza al acercarse a la torre. Uno por uno, van llegando a la escalera y suben. Uno por uno, separados por un latido del corazón, alcanzan la lengua del trampolín que hay en lo alto. Y una vez en el trampolín, hacen una pausa, siempre exactamente la misma pausa que se prolonga durante un latido del corazón. Sus piernas los llevan hasta el extremo, donde todos dan el mismo bote para impulsarse y trazan una curva con los brazos como si estuvieran dibujando algo circular y total. Pisan con fuerza el extremo de la tabla y hacen que esta los lance hacia arriba y afuera.
Es una máquina de descensos en picado, de líneas de movimiento discontinuas a través de la dulce neblina de cloro del atardecer. Uno puede contemplar desde la terraza cómo golpean la superficie fría y azul del tanque. Cada zambullida crea un penacho blanco que se eleva, se desploma sobre sí mismo, se extiende y se deshace en forma de espuma. Luego aparece un azul puro en medio de la mancha blanca y crece como un pudín, hasta limpiarlo todo de nuevo. El tanque se cura a sí mismo. Tres veces mientras tú recorres el camino.
Estás en la cola. Mira a tu alrededor. Tienes que parecer aburrido. En la cola casi nadie habla. Todos parecen ensimismados. La mayoría miran la escalera y parecen aburridos. Casi todos tenéis los brazos cruzados y estáis congelados por un viento vespertino que se está levantando y que golpea las constelaciones de partículas de cloro azul puro que cubren vuestras espaldas y vuestros hombros. Parece imposible que todo el mundo pueda estar tan aburrido. A tu lado tienes el extremo de la sombra de la
torre, la lengua negra inclinada que es el reflejo del trampolín. La sombra es un sistema enorme, largo, escorado a un lado y unido a la base de la torre formando un ángulo oblicuo y agudo.
Casi todos los que están en la cola del trampolín miran la escalera. Los chicos mayores miran el trasero a las chicas mayores que suben. Los traseros están enfundados en una tela suave y fina, en nilón ajustado y elástico. Los buenos traseros ascienden por la escalera como péndulos sumergidos en líquido, siguiendo un código lento e indescifrable. Las piernas de las chicas te hacen pensar en ciervos. Tienes que parecer aburrido.
Mira más allá. Mira al otro lado. Puedes ver perfectamente. Tú madre está en su hamaca, leyendo, con los ojos entornados, con la cara inclinada hacia arriba para recibir la luz del sol en las mejillas. No ha mirado para ver dónde estás. Da un sorbo de alguna bebida dulzona de una lata. Tu padre está tumbado sobre su enorme panza, su espalda parece una cresta en el lomo de una ballena, los hombros cubiertos de rizos de pelo animal, la piel untada de aceite y de color castaño oscuro por culpa del exceso de sol. Tu toalla está colgando de la silla y ahora se mueve una punta de la tela: tu madre la ha golpeado al espantar a una abeja a la que parece gustarle lo que ella tiene en la lata. La abeja vuelve enseguida y parece flotar inmóvil sobre la lata trazando un suave borrón. Tu toalla tiene una cara enorme del oso Yogi.
En algún momento ha tenido que haber más gente en la cola detrás de ti que delante. Ahora no hay nadie por delante excepto tres personas que suben por la estrecha escalerilla. La mujer que hay delante de ti está en los travesaños de abajo, mirando hacia arriba. Lleva un bañador ajustado de nilón negro de una sola pieza. Asciende. Desde lo alto llega un retumbo, luego una caída tremenda, un penacho y el tanque se cura a sí mismo. Ahora quedan dos personas en la escalera. Las normas de la piscina dicen que solamente puede haber una persona en la escalera, pero el socorrista nunca grita a los que suben. El socorrista es quien dicta las verdaderas normas gritando o dejando de gritar.
La mujer que hay por encima de ti no tendría que llevar un bañador tan ajustado. Es tan mayor como tu madre e igual de corpulenta. Es demasiado corpulenta y está demasiado blanca. Su bañador rebosa. La parte posterior de sus muslos queda constreñida por el bañador y tiene un aspecto parecido al queso. Sus piernas están marcadas con los garabatos pequeños y abruptos de las venas varicosas y azules que circulan por debajo de la piel blanca, como si sus piernas tuvieran algo roto o herido. Parece que sus piernas tendrían que doler si uno las apretara, de tan llenas como están de garabatos árabes retorcidos de un azul roto y frío. Sus piernas hacen que te duelan las tuyas.Los travesaños son muy delgados. No te lo esperabas. Cilindros delgados de hierro envueltos en fieltro de seguridad mojado y resbaladizo. El olor del hierro mojado a la sombra te hace sentir un sabor metálico. Cada travesaño se te clava en las plantas de los pies y te deja una marca. Las marcas se clavan hondo y duelen. Te sientes pesado. Cómo debe de sentirse la mujer corpulenta que tienes por encima. Los pasamanos a los lados de la escalera también son muy delgados. Parece que no puedan sostenerte. Confías en que la mujer también se coja bien. Y, por supuesto, desde lejos parecía que hubiera menos travesaños. No eres estúpido.
Subes hasta la mitad, a la vista de todos, la mujer corpulenta por delante de ti, un hombre robusto, calvo y musculoso bajo tus pies. El trampolín todavía está lejos en lo alto y es invisible desde aquí. La tabla retumba y hace un ruido batiente, y un chico al que puedes ver a lo largo de unos cuantos pies a través de los finos travesaños de la escalera cae trazando una línea resplandeciente, con una rodilla abrazada contra el pecho, y se zambulle al estilo bomba. Un enorme signo de exclamación de espuma aparece en tu campo visual, se disgrega y se desmorona sobre el enorme borbotón. Luego, el murmullo del tanque curando de nuevo su superficie azul.
Más travesaños delgados. Agárrate fuerte. La radio se oye más alta aquí, uno de los altavoces colocado sobre una de las entradas de cemento de los vestuarios te queda a la altura de los oídos. Un tufillo húmedo y frío sale del interior del vestuario. Te agarras fuerte a las barras de hierro, te doblas, miras hacia abajo y a tu espalda y puedes ver a la gente comprando chucherías y refrescos allí abajo. Puedes verlo todo desde arriba: la cima blanca y limpia de la gorra del vendedor, los envases de helado, las neveras de latón humeantes, los tanques de sirope, las serpientes de las mangueras de soda, las cajas abultadas de palomitas saladas recalentadas por el sol. Ahora que estás en lo alto puedes verlo todo.
Hace viento. Cuanto más alto llegas más viento hace. El viento es fino; cuando sopla a la sombra te enfría la piel mojada. Con el fondo de la escalera y a la sombra tu piel se ve muy blanca. El viento te produce un silbido agudo en los oídos. Faltan cuatro travesaños para el final de la escalera. Los travesaños te hacen daño en los pies. Son delgados y te demuestran cuánto pesas. En la escalera pesas mucho. El suelo te quiere de vuelta.
Por fin puedes ver lo que hay por encima de la escalera. Ves el trampolín. La mujer está ahí. Tiene dos caballones de callos rojos y de aspecto doloroso en la parte posterior de los tobillos. Está de pie al principio del trampolín y le miras los tobillos. Ahora estás por encima de la sombra de la torre. El hombre corpulento que hay debajo de ti está mirando por entre los travesaños de la escalera el espacio que la mujer tiene que atravesar.
Ella se detiene durante el instante que dura un latido del corazón. No hay ni rastro de lentitud. Te quedas helado. En un abrir y cerrar de ojos llega al final del trampolín, toma impulso hacia arriba, luego hacia abajo, el trampolín se comba hacia abajo como si no la quisiera. Luego asiente, rebota y la arroja violentamente hacia arriba y hacia fuera. Sus brazos se abren para trazar el círculo y de pronto desaparece. Se esfuma en un parpadeo oscuro. Y pasa tiempo antes de que oigas el impacto allí abajo.
Escucha. No parece apropiado, esa manera de desaparecer durante el tiempo que transcurre hasta que se oye el ruido. Como cuando tiras una piedra en un pozo. Pero te da la impresión de que ella no piensa lo mismo. Ella era parte de un ritmo que excluye el pensamiento. Y ahora tú también te has convertido en parte de él. El ritmo parece ciego. Como las hormigas. Como una máquina.
Decides que es necesario pensar en esto. Después de todo, puede ser apropiado hacer algo temible sin pensarlo, pero no cuando lo temible es el propio hecho de no pensar, Ion cuando resulta que el penar es inapropiado. En algún momento los detalles inapropiados se han amontonado hasta cegarte; el aburrimiento fingido, el peso, los travesaños finos, el dolor en los pies, el espacio segmentado por la escalera en encuadres unidos solamente mediante una desaparición en el tiempo. El viento en la escalera que nadie hubiera esperado. La manera en que el trampolín sobresale de la sombra para entrar en la luz y no puedes ver más allá de su extremo. Cuando todo resulta distinto a lo esperado uno tendría que ponerse a pensar. Es lo que habría que hacer.
La escalera está atestada debajo de ti. La gente está apilada, separados los unos de los otros por unos pocos travesaños. La escalera está conectada a una nutrida cola que retrocede y traza una curva hasta la oscuridad de la sombra escorada de la torre. La gente de la cola tiene los brazos cruzados. Los que están al pie de la escalera están ansiosos y miran todos hacia arriba. Es una máquina que solamente se mueve hacia delante. Subes a la lengua de la torre. El trampolín resulta ser muy largo. Tan largo como el tiempo que pasas en él. El tiempo se ralentiza. Se condensa a tu alrededor mientras tu corazón late cada vez más veces por segundo y sus latidos abarcan todos los movimientos del sistema de la piscina allí abajo.
El trampolín es largo. Desde donde estás parece estrecharse hasta la nada. Te va a enviar a alguna parte que su propia longitud te impide ver y parece inadecuado entregarse a esto sin pararse a pensar.
Mirado de otro modo, el mismo trampolín no es más que una cosa larga, plana y delgada cubierta con una sustancia plástica blanca y áspera. La superficie blanca es muy áspera y tiene motas y rayas de un color rojo pálido y acuoso que sin embargo nunca deja de ser rojo para convertirse en rosa: viejas gotas de agua de la piscina que atrapan la luz del sol vespertino sobre las montañas escarpadas. La sustancia blanca y áspera del trampolín está mojada. Y fría. Los pies te duelen por culpa de los travesaños delgados y tienen una sensibilidad exacerbada. Se resienten de tu peso. Hay barandillas en el principio del trampolín. No son como las barras laterales de la escalera. Son gruesas y están muy bajas, de modo que casi tienes que agacharte para cogerte a ellas. Solamente son de adorno, nadie se coge a ellas.. Agarrarse lleva tiempo y altera el ritmo de la máquina.
Es un trampolín largo, frío, áspero y blanco de plástico o fibra tic vidrio, veteado del mismo color triste cercano al rosa que las golosinas baratas. Pero al final del trampolín blanco, en su extremo, en donde te apoyas con todo tu peso para hacer que te arroje lejos, hay dos zonas de oscuridad. Dos sombras planas bajo la luz del sol. Dos formas ovales difusas y negras. El final del trampolín tiene dos manchas sucias.
Son de toda la gente que ha pasado antes que tú. Mientras estás aquí de pie tus pies están reblandecidos y marcados, doloridos por la superficie áspera y mojada, y ves que las dos manchas oscuras las ha hecho la piel de la gente. Es piel erosionada de los pies por la violencia de la desaparición de gente provista de un peso real. Más gente de la que podrías contar sin perderte. El peso y la erosión causada por su desaparición deja trocitos de pies reblandecidos, migas, grumos y tiras de una piel sucia, oscurecida y morena cuyos trocitos diminutos y deslavados se ven a la luz del sol al final del trampolín. Se amontonan, se deslavan y se mezclan. Se oscurecen formando dos círculos. Fuera de ti el tiempo no transcurre en absoluto. Es asombroso. El ballet vespertino que tiene lugar allí abajo se mueve a cámara lenta, con los movimientos pesados de mimos sumergidos en jalea azul. Si quisieras podrías quedarte aquí encima para siempre, vibrando tan deprisa por dentro que flotarías inmóvil en el tiempo, como una abeja flotando sobre alguna sustancia dulce. Pero tendrían que limpiar el trampolín. Cualquiera que lo piense un segundo se dará cuenta de que tendrían que limpiar del extremo del trampolín toda esa piel de la gente, esas dos huellas negras de lo que queda del pasado, esas manchas que desde aquí detrás parecen ojos, ojos ciegos y bizcos.
El sitio donde estás ahora es tranquilo y silencioso. La radio grita al viento y chapotea en otra parte. No hay tiempo ni más sonido real que tu sangre chillándote en la cabeza.
Estar aquí en lo alto comporta visiones y olores. Los olores son íntimos, recién blanqueados. Es ese peculiar aroma floral de la lejía, pero de su interior emanan otras cosas hacia ti como una nieve sembrada de hierba. Notas un olor intenso a palomitas amarillas. A un aceite dulce y tostado como el de los cocos calientes. Deben de ser perritos calientes o maíz tostado. Un rastro diminuto y cruel de Pepsi muy oscura en vasos de papel. Y ese olor especial a toneladas de agua emanando de toneladas de piel, elevándose como el humo de un baño reciente. Calor animal. Desde lo alto es más real que nada.
Míralo. Puedes verlo todo en toda su complejidad, azul y blanco, marrón y blanco, bañado en un destello acuoso de color rojo cada vez más intenso. Todo el mundo. Esto es lo que la gente llama una vista. Y sabías que desde abajo no te podía parecer que estuvieras tan alto aquí arriba. Ahora ves qué alto te encuentras. Sabías que desde abajo no se puede saber.
El tipo que tienes debajo te dice, con la vista clavada en tus tobillos, el hombre calvo y corpulento: Eh, chico. Quieren saber. ¿Tienes pensado pasarte todo el día aquí o qué te pasa exactamente? Eh, chico, ¿estás bien?
Todo este tiempo ha habido tiempo. No puedes matar al tiempo con el corazón. Todo ocupa tiempo. Las abejas tienen que moverse muy deprisa para permanecer quietas.
Eh, chico, te dice. Eh, chico, ¿estás bien?
Brotan flores metálicas en tu lengua. Ya no hay tiempo para pensar. Ahora que hay tiempo no tienes tiempo.
Eh.
Lentamente ahora, atravesándolo todo, surge una mirada que se extiende como las ondas que aparecen en el agua cuando lanzas algo. Mira cómo se extiende desde la escalera. Tu hermana, a la que acabas de ver, y sus amigas blancas y delgadas, señalándote. Tu madre mira hacia la parte menos profunda de la piscina donde estabas antes y pone la mano en forma de visera. La ballena se agita y se sacude. El socorrista levanta la vista, la niña que le agarra la pierna levanta la mirada, echa mano al megáfono.
Debajo para siempre hay una terraza áspera, chucherías, música tenue y metálica, ahí abajo donde solías estar. La cola está abarrotada y no permite marcha atrás. Y el agua, por supuesto, solamente es blanda cuando estás en su interior. Mira hacia abajo, Ahora se mueve bajo el sol, llena de monedas duras de luz dotadas de un resplandor rojizo a medida que se alejan y se funden con una niebla que es1a sal de tu propio sudor. Las monedas estallan formando lunas nuevas, cascotes alargados procedentes de los corazones de estrellas tristes. El tanque cuadrado es una sabana fría y azul. Lo frío es una modalidad de lo duro. Una modalidad de la ceguera. Te han pillado desprevenido. Feliz cumpleaños. ¿Creías que ya había pasado? Sí y no. Eh, chico.
Dos manchas negras, un momento de violencia y desapareces en el pozo del tiempo. La altura no es el problema. Todo cambia cuando vuelves abajo. Cuando impactas con todo tu peso.
Entonces, ¿cuál es la mentira? ¿Lo duro o lo blando? ¿El silencio o el tiempo?
La mentira es que haya que elegir entre una cosa y otra. Una abeja quieta y flotante se mueve demasiado deprisa para pensar. Desde lo alto la dulzura la hace enloquecer.
El trampolín asentirá y tú saldrás despedido, y los ojos de piel podrán cruzar a ciegas un cielo empañado de nubes, la luz horadada se vaciará detrás de esa piedra afilada que es la eternidad. Que es la eternidad. Pisa la piel y desaparece.
Hola.

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16 Abril 2008

Los libros cambian la sangre

Todo lo que sé, menos amar, lo aprendí de los libros. Aprendí a aislar correctamente una losa plana en un libro de Chamorro y los pesares hondos de la guerra en Las cosas que llevaban, de Tim O’Brian. Aprendí a cocinar un risotto en el libro de la Petrona de Gandulfo, y a escamotear la muerte de un niño para que el efecto final en el lector le sea tan desgarrador como a sus padres en El mundo según Garp, de John Irving. Aprendí a hacer trucos de naipes con Cartomagia, y a asustarme con Horacio Quiroga. Aprendí a estudiar con El tesoro de la juventud de Jackson y con la Enciclopedia estudiantil de la editorial Códex. Aprendí miles de palabras en el Ocrán-Sanabú.

Hay libros objeto, libros de reportajes, manuales técnicos, libros de autoayuda, de cocina, de matemáticas, de astrología. Hay libros coleccionables, libros para tirar, libros para recortar. Hay libros para niños, para mujeres, para hombres solos, para parejas que no se llevan bien, para profesionales, para tontos, para los que no quieren leer, para los que no saben leer, para ciegos. Hay libros de ficción. El mercado de los libros de ficción, incluso, necesita del mercado de la no ficción como del aire para respirar. Normalmente las editoriales viven de los otros libros para poder publicar las novelas que quieren.

“Los intereses del escritor y los de sus lectores nunca coinciden, y cuando lo hacen no es sino un afortunado accidente”, escribe Auden. Está hablando de poesía, en donde no importa tanto entender exactamente lo que el poeta quiso decir. “Exactamente” significa dejar de lado toda ambigüedad. La poesía es un género transgresor que basa su experiencia en la traslación de un estado de ánimo. Podría decirse que se contenta en esa traslación. Sin embargo, leer es traducir. Siempre.

Auden también dice que un mal lector es un mal traductor: interpreta literalmente cuando debe parafrasear, y parafrasea cuando debe interpretar literalmente.

Podemos desgrabar un largo reportaje, pero será casi imposible de publicar sin el paso previo de la corrección. El entrevistado tal vez añorará el tono coloquial, el recuerdo de su experiencia mágica frente al micrófono. Pero el acto publicado debe ser terso, suave, sin los tropiezos del idioma hablado. Se deberá poder leer de cabo a rabo, de un tirón.

Lo mismo ocurre con los manuales técnicos, que habitualmente están explicados para nadie. Es muy difícil encontrar un manual técnico que se entienda. ¿Por qué tiene que saber comunicar una idea escrita alguien que sabe de instalaciones sanitarias? Y viceversa: ¿Qué hace alguien que dice saber escribir metiendo mano en un libro de instalaciones sanitarias?

Cuando la incoherencia toca a los libros de ficción, el problema es total.

PILAS Y PILAS DE LIBROS

Tengo más simpatía por los libros que por la literatura. Y tengo una afición-fascinación particular por aquellos que, sin la total necesidad de estar perfectamente escritos, sus autores hicieron un esfuerzo desmedido, adicional, literario, por hacerme entender lo que querían decirme.

Uno de mis libros favoritos, a la hora de ilustrar este ejemplo, es La dieta médica Scardale. El que lo termine, sentirá la absoluta, irrenunciable necesidad de ser un soldado Scardale. Está escrito para las multitudes, pero le hace sentir al lector que fue hecho sólo para él. Otro es Cómo ganar amigos, de Dale Carnegie. Son libros que casi, casi, son adaptaciones. Adaptación de una dieta y de un curso lleno de datos ambiguos, comerciales. No sólo explican lo que deben, sino que, además, lo hacen interesante y ameno. Comunicar sencillo algo que es complicado, aunque parezca fácil, es lo más difícil de la experiencia de la escritura. Si no me creen, prueben. Cuéntenle a un ciego cómo es el color rojo.

Los manuales técnicos y de divulgación científica, desde el libro del hámster hasta el Sobrevila de electricidad, suelen ser pedaleadas cuesta arriba. Están llenos de defectos, con frases del tipo: “La corriente eléctrica afecta a los niños”, para recomendarnos poner tapitas en los enchufes más bajos de la casa. El libro del hámster, ya que lo cité, dice cosas como que el hámster adulto puede llegar “a matar hasta sus propias crías, al canibalismo, al autocanibalismo o cosas aún peores”. Busqué sin suerte el teléfono del autor en la guía para preguntarle qué cosas aún peores conocía que el autocanibalismo, ese horrendo ejercicio de comerse a sí mismo. No hay caso: salvo por poquísimos ejemplos, los libros técnicos y los de divulgación suelen ser para dormirse o para reír.

Escribir un libro de divulgación científica corre con un riesgo adicional: el de contar algo que como técnicos nos llena de orgullo y gracia pero que, a la hora de la narración, puede no lograr contagiar ese orgullo y esa gracia. Un libro de divulgación científica o artística debería, inevitablemente, ser la traducción de una euforia, aunque casi nunca lo logren. Lyndon Johnson le dijo una vez a Kennedy: “¿Nunca has pensado que pronunciar un discurso de economía se parece a hacerse pis en tu propia pierna? Es cálido para ti, pero para nadie más”. Espero leer algún día un libro de economía que pueda subir a mi lista de tops; me encantaría encontrar uno así. Depende de que los economistas quieran que me entere de sus secretos, lo que podría llamarse “generosidad”, y de que sepan cómo transmitirlos para que se dejen leer, lo que podría llamarse “eficiencia comunicacional”. Mi curiosidad dispuesta, por el momento, es lo único que tienen.

Los libros técnicos suelen ser tan malos que después de leer dos o tres, por necesidad o por deseo de aprender algo más, dan ganas de tirar la toalla de la lectura “seria”. Uno llega a creer: Claro, no son para entretener, son para educar, para ayudarme a pensar. Pero lo cierto es que están mal escritos. No saben decir lo que quieren. Y en este no saber hay un conato de irrespeto por el que lee. Esos autores suelen ser más soberbios que un Papa hablando de sexo. Para esos autores lo único que cabe es un editor de textos. El editor no cambia conceptos, los aclara.

La edición es el extraño tobogán que conduce a la comprensión.

LEER TODO

El aprender que inoculan estos libros, tal vez sea una ilusión. Si después de leer el libro ADN, 50 años no es nada de la dupla Alberto Díaz y Diego Golombek, me hicieran un múltiple choise sobre ADN, lo más probable es que no pueda pasarlo. Ante preguntas como: ¿Cuántas variantes de una sola proteína puede codificar un gen?, no sabría qué contestar. No serviría ni para el repechaje de Feliz Domingo. El saber que se obtiene mediante la divulgación científica es parecido al estudio que los novelistas hacemos para contar nuestras historias. Estamos temporariamente interesados en un tema exótico, durante el lapso que dura la escritura. Entonces somos capos en artes culinarias sin saber hacer un huevo frito; sabios melómanos que algún día volveremos al pop. Expertos en huracanes, mecánica dental, ascensores hidráulicos, bonsais. Hasta que los detalles, al fin, se vuelan, se olvidan, se guardan quién sabe en qué zona seca del cerebro. Los detalles han servido, fueron importantes; ahora nos queda una vaga señal como para poder hablar del tema o entender algunas noticias especiales en los diarios. No sé si aprendí mucho después de leer aquel libro sobre el ADN. Pero con la alegría de leer, estoy pago.

El secreto está en contar el mundo privado de las células como si fuera una película de superacción. Es una virtud del texto: en ficción, pocos libros que no sean excelentes logran ese interés. En no ficción lo hace Elsa Canestro en su colección de experimentos de física, lo hace Freud en Lo siniestro o en La interpretación de los sueños, lo hace Chueca Goitía en Breve historia del urbanismo, lo hace Arneheim en Arte y percepción visual y no lo sabe hacer en El quiebre y la estructura; lo hace Sontag en Sobre la fotografía; Barthes en La cámara lúcida; Foucault en Vigilar y castigar y nunca, nunca, nunca en Historia de la sexualidad; Truffaut en El cine según Hitchcock; Schopenhauer en El arte de buen vivir; Oliver Sacks en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero; Dawkins en El gen egoísta; el ingeniero Dunne en Un experimento con el tiempo; Arthur Clarke en La exploración del espacio; Gabriel Gellon en El huevo y la gallina; Malba Tahan en El hombre que calculaba; Eco en Cómo se hace una tesis; Joyce Carol Oates en Del boxeo; Stephen King en Mientras escribo. Son todas lúcidas interpretaciones de mundos cerrados destinadas a mandar un mensaje a nuestro mundo, el de todos, y el mensaje puede ser de arquitectura, sociología, heurística, filosofía, cocina, genética. No importa. Explican lo inextrincable con excelencia. Conceptos difíciles con palabras comunes. En todos estos libros, lo que se lee es lo que tiene que haberme querido decir el escritor exactamente. Como en la mejor literatura en prosa: preparen los pañuelos cuando el cuentista diga ¡a llorar!; cáguense en las patas cuando se le ocurra visitar el miedo. Nada más patético que provocar risa queriendo dar espanto.

Muchas veces un libro es ilegible, o ininteligible, y uno piensa: “Hoy estoy muy distraído”, o: “¿Seré un buen lector?”

Claro que lo es. Usted es uno de los mejores lectores del mundo, absolutamente apto para largarse al entretenimiento sin fin, al viaje más largo sin moverse de su asiento, al aprendizaje más democrático de todos. Si el libro no se entiende, la culpa no es suya. Elija otro, uno que le diga cosas interesantes, que lo ate a la silla. Que sea comprensible...

A través de los libros se puede entender el universo.

Salvo, tal vez, el amor.

La comprensión del amor es algo que tiene que ver únicamente con el trato directo con la gente. Algo que te esquivan tus padres, te mal enseñan los amigos, te conducen las chicas.
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*Texto de Gustavo Nielsen

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28 Diciembre 2007

Cansado de no hacer Nada (*)

Unos le llaman inventario, otros corte de caja. Lo raro es alguien salga con las cuentas claras, o por lo menos con números negros. Un año es más del uno por ciento de una vida, y hay quienes todavía no se enteran en qué invirtieron los últimos diez. Si ahora mismo tuviera a un auditor ante mí, y hubiera de justificar la inversión de 365 días en una vida que apenas se movió, me vería obligado a hacer ficción extrema. Pues de cualquier manera no soy capaz de verlo panorámicamente, sino apenas desde la perspectiva de quien va en un vagón de la montaña rusa y pretende trazar un mapa de la feria.

Leí hace unos días un artículo potencialmente incómodo en torno al verbo procrastinar, que es lo que hacemos los supuestos abúlicos respecto a numerosos deberes que omitimos a fuerza de prorrogarlos. En todo el año, pensé mientras leía, no he logrado una sola vez pagar a tiempo la cuenta del teléfono. Cierto día me llamaron para ofrecerme el pago automático vía tarjeta de crédito, pero antes que sacar provecho de la oportunidad, debí seguir mis rígidos lineamientos en torno al hecho de por sí abusivo del marketing telefónico, que me exigen mandarlos al carajo tan pronto como ofrezcan el producto. Por lo demás, sigo creyendo que cualquier día de estos me enseñaré a pagar a tiempo los teléfonos y evitaré el promedio de dos desconexiones por trimestre que me zancadilló a lo largo del procrastinador 2007.

El artículo de marras contenía una suerte de sintomatología numerada del procrastinador, misma que me apliqué con resultados punto menos que preocupantes. Ya se sabe, además, que los afectos a procrastinar difícilmente se preocupan por nada. Cuando el artículo empezaba a alarmarme, le descubrí una errata que le quitó mi crédito de tajo: en lugar de procrastinar, el artículo empleaba el término "procastinar", que sólo conseguí ubicar entre extremos tan indeseables como procacidad y castidad. Seña inequívoca de que tanto el redactor como los correctores procrastinaron una cita esencial con el diccionario. Supongo que ése debería ser otro síntoma del abúlico a ultranza: pensarse afortunado ante la proliferacion de procrastinadores.

Escribir es vivir sospechándose un procrastinador de tiempo completo. Nunca escribimos ni leemos todo lo que quisiéramos, a diario hay que pelear con monstruos variopintos para lograr dos páginas en no sé cuántas horas. Avanzan raudas ellas, nunca yo. Pero la historia igual sigue moviéndose, aunque uno se torture con el temor de ir siempre demasiado lento, no saber exprimirle el jugo a todas esas horas y al contrario, dejarse exprimir por ellas. Una vez dentro de la obsesión grande, me autorizo a procrastinar alegremente en torno a los asuntos mundanos.

Puede que hasta me tranquilice cada vez que levanto el auricular y una grabación me invita a ir a pagar para que me reanuden el servicio. Si eso pasa, concluyo, es que el trabajo me ha absorbido lo suficiente, y entonces la novela se ha movido más de lo que el simple avance en blanco y negro permitiría concluir. Wishful thinking, le llaman.

¿No hacemos nada cuando no hacemos nada? En mi caso, lo que hago -con esmero y paciencia- es ir hartándome de no hacer nada. Unas veces toma horas, o hasta minutos; otras días y noches de escepticismo intenso y nihilismo crudo. Ellos, los industriosos son incapaces de imaginar lo agotador que puede ser pasarse una tarde completa sin hacer absolutamente nada. Mirando la pared, recorriendo la textura del techo, perdido en un trip-hop imaginario. Se escribe a veces con la pura cabeza, sin meter ni las manos, y ello deja en el coco la sensación culposa de que se holgazanea. Pero luego se queda uno dormido y al despertar encuentra que sucedieron cosas. La historia se movió, incluso algún entuerto alcanzó a resolverse. Si la obsesión es ancha y persistente, uno trabajará también durante el sueño, así en el inter se haga fama de haragán.

Hoy me llegó el recibo de la luz. Podría ir a pagarlo en cuestión de horas, pero los personajes tienen cosas más importantes que hacer, y ellos sí que detestan procrastinar. Me horroriza la idea de lidiar con un protagonista abúlico, de ésos que aman pasionalmente a la hoja en blanco. Prefiero que sea yo al que tachen de abúlico, con tal de que la historia me prohíba salir a hacer lo que hay que hacer y me ancle tenazmente a su destino.
La historia: ese atajo secreto hacia la dicha, perdido en el camino entre la pena y la nada.

(*)Xavier Velasco-escritor

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13 Abril 2007

Vidrios

Por Fernando Martínez

Cuando abrió los ojos lo vio. Primero pensó que era la coda de un sueño extraño, pero no. Enseguida supo que el hombre que, mirándola, se masturbaba con desenfreno, era tan real
como la noche hermosa que la llevó al balcón a dejarse arrastrar por el cansancio hasta dormirse.

El edificio vidriado del hotel había resultado una tentación para ella desde el mismo momento en que se mudó, hace casi dos años. Cuando la luz mortecina de un velador se encendía en en alguna habitación sus ojos no podían menos que trasladarse hacia allí. ¿Desde las habitaciones podían hacer foco en su actitud fisgona?, se pregunto mil veces, y mil veces la respuesta fue afirmativa. De todos modos, nada se salía de la rutina: turistas que prolijamente deshacían sus valijas, alguno que a esa hora de la noche era ganado por la sed e iba hasta el frigobar a hacese de una botella de agua. Cuando alguien quería tener intimidad corría las cortinas y a otra cosa.

Pero ahora es distinto. La silueta del hombre se recorta y los ojos parecen penetrar en ella como una daga. Mira hacia todos lados buscando la salida esperanzadora de que no esla destinataria de esos movimientos enjundiosos del puño derecho del tipo que, a las 3.20 de la madrugada, desde el piso 20 del cinco estrellas, busca el climax masturbatorio.

Siempre se había reconocido como una mojigata, de hecho sus amigas (menos Laura, que la conocía mejor que todas) se burlaban de sus comentarios censuradores en cualquier cena en
la que se hablara de intimidades de parejas ocasionales, maridos o patrones bajo las sábanas. Ahora ni siquiera quiere apagar a luz del balcón y perderse en el interior del living, bajar la persiana y no saber más nada de su voyeur sorpresivo.

Hace como que mira a un costado para descentrar los ojos de esa figura que se apea, pero con el rabillo izquierdo comprueba que ahora el hombre se controrsiona como un epilépitco, se deja caer sobre una cama y lanza un chorro que alcanza a ver pese a los vidrios esmerilados. "Ahora la llamo a Lau y le cuento todo, no lo va a poder creer. Otra vez pensará que es fruto de una mente retorcida", lucubra Isol.

Sigue observando compulsivamente, tratando de conocer algún detalle corpóreo de su admirador en la penumbra. El hombre se acerca cada vez más al vidrio y pega un cartel con letras enormes. No puede distinguir qué es lo que le quiere transmitir y maldice su presbicia. Se levanta del sillón del que había dejado de columpiarse hace rato, corre hasta la mesa del living, se calza los lentes y, al fin, puede leer:

_La espero en el bar hotel... No loco

Evidentemente es un turista extranjero al que le cuesta conjugar los verbos en español, cree.

Ahora su cuerpo parece estragado por el temblor, las manos sudan y la adrenalina navega a todo vapor. Qué no va a estar loco, está de remate, piensa. Se siente dispuesta, ahora
sí, a llamar a Laura, aun a riesgo de que la tome por loca, diciéndole que esas cosas sólo pasan en las películas de Kubrick. Vuelve a mirar hacia la habitación y las luces ya están apagadas. El tipo debe estar esperándola con un JB en la mano y... Y no quiere pensar nada más.

Va al baño, se pega una ducha rápida procurándo no mijar su pelo, decide estrenar un conjunto de ropa interior rojo salvaje, se calza su mini negra y una musculosa que le realza sus pechos, cierra la puerta del 20º C, toma el ascensor y, a paso acelerado,
cruza Moreno en dirección al hotel. El calor y la humedad de enero se hacen más rigurosos.

El lobby luce desierto. Lo único amable que encontró fue el rostro del conserje que, ahora, con una media sonrisa la invita a trasladarse hasta el bar, en el entrepiso.

_Señorita, allí la están esperando_, le dice con formalidad.

Recién ahí parece entrar en terreno "slow". ¿Y si el tipo era un border? Cuando intenta formular el segundo interrogante, alguien la toma de su cintura con suavidad y le susurra al oído.

_ Bienvenida Isol, hace diez años que te espero.

Reconoce la voz al instante. Es Horacio Salvatierra Lynch, su amigo, su colega, el que primero le enseñó los secretos de la profesión. El doctor Salvatierra Lynch, jefe de Neonatología del Hospital Alemán. Horacito, el hijo del íntimo amigo de su padre. El que la recomendó para ingresar al hospital, al que ve todos los días con cara de nada. El.

_Dejame que te explique Isol. Hace años que estoy loco por vos y nunca me miraste, nunca te diste cuenta. Creés que sólo me importan mis amigos del Yacht... No, flaca lo único importante sos vos. Si no hacía esto, jamás me iba a animar a decírtelo. Te quiero.

Horacito se abalanza sobre ella, la cobija en sus brazos y extiende su lengua hasta el fin de la garganta. Se deja caer en un sillón mullido y recién ahí toma nota de que al fin estaban en un bar, que alguien estaría mirándolos.

_ ¡Estás loco, Horacio, nos deben estar viendo!

_Nadie nos ve, no hay nadie, subamos a la habitación. Por favor, te lo suplico.

El ascensor vidriado deja ver los neones de la ciudad, un cielo límpido. Mientras sube lentamente, él la besa, le mete sus manos por debajo de la musculosa, repite como un mantra cosas que ella no puede entender.

Hicieron el amor hasta las seis de la mañana, no preguntó nada, sólo dejó que Horacito la penetre con torpeza. Una, dos, tres veces. Ella no sintió nada, sólo pensó en cómo se habían conocido, en la repulsión que le generaban los relatos sobre sus veraneos en Punta del Este, su ristra de amigos de doble apellido, su jactancia por los premios en el exterior, sus seminarios en Barcelona, su desdén por todo lo demás. Y la risa sardónica
de Laurita tras su frase preferida cuando se juntaban, a la hora del té, en el bar del Alemán:

_Ahí viene el doctor Horacito Salvatierra Lynch, cornudo profesional, jua, jua, jua

__Ay, Lau, no seas tan mala. Pobre tipo, la debe pasar mal con esa mujer_, repetía Isol mientras Carmen, Victoria y Marisa hacían causa común con Laurita.

Con el olor a hotel impregnado en la piel, se asoma al vidrio y semblantea su propio departamento con las luces encendidas. Se había olvidado de apagarlas ante el impulso irrefrenable de una aventura de esas que solamente se presentan una vez en la vida

Horacito duerme sin calma, los ronquidos la predisponen peor que esas dos horas de sexo sin sentido.Qué diría Lau. Casi lo imaginó.

_Se hizo una paja y se echó tres polvos en 90 minutos, ¿lo tenías al cornudo de Salvatierra Lynch? Y vos que la vas de carmelita descalza... No jodas más Isol. si tenías ganas de coger te hubieras buscado otra cosa, no a ese pelotudo insoportable.

Una lágrima indomable se le escapa por la mejilla derecha. Se pone cara a cara con Horacito, quien duerme profundo, como habíendose tragado una tonelada de Alplax.

Un escupitajo de un grosor inimaginable sale de su boca y se incrusta en el entrecejo de su amante furtivo.

_Tomá, hijo de puta...., apenas balbucea, como recuperándose de semejante esfuerzo.

Se viste rápidamente, agarra las ropas de Horacito, las introduce en una de las típicas bolsas de hotel, va hasta el baño, abre un ventiluz y la tira. Cuando llega a planta baja se encuentra con el rostro amable del conserje. Su risa es ancha, como la del que sabe todo pero jamás lo dirá.

_Buenos días, señorita. Gracias por habernos visitado.

Isol le devuelve la mejor sonrisa, cruza la calle; el primer sol de la madrugada parece una muñeca inflamable.

Aprieta play y la voz de Beth Orton suena más dulzona que nunca desde el reproductor. "And it takes all my might/and it'll take all my day/and if it wants me to come/well i
know i'm gonna stay".

Un cuchillo ensangrentado voló desde su ventana hacia la nada.

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4 Enero 2007

Los mejores libros que leí en 2006

Estos libros han pasado por mis manos y ojos durante el 2006 y los recomiendo. Lean, lean, lean: no sean brutos.

_John Cheever- Cuentos Completos

_Lo bello y lo triste_ Yasunari Kawabata

_El Libro Negro - Orhan Pamuk

_La Grande- Juan José Saer

_el Sonido de la Montaña- Yasunari Kawabata

_Sábado - Ian Mc Ewan

_Perro Callejero- Martin Amis

_31 Songs- Nick Hornby

_2666- Roberto Bolaño

_Paul Auster - Brooklyn Follies

_Alberto Fuguet- Cortos

_Richard Yates- Once Tipos de Soledad

_Phillip Roth _ La Conjura contra América.

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6 Octubre 2006

Las 31 canciones de Nick Hornby

Nick Hornby es fabuloso.
Un tipo que escribe súper bien, ama el pop (como yo, adora a los Teenage Fanclub) y el fútbol y deleita con obras como Fiebre en las Gradas, Alta Fidelidad, About the Boy, Cómo ser Buenos y 31 Songs ya tiene un lugar entre mis preferidos de la biblioteca.
Hornby fue capaz de detallar en Fiebre en las Gradas cada uno de los partidos del Arsenal (de Inglaterra, obvio)y permitirles entender a quienes abominan del fútbol qué es lo que se siente por los adorados colores del club al que uno es adicto. Y tiró una paralela entre sus otras novelas, animándose a decir cuáles son sus 31 canciones favoritas. En muchas coincido, en otras no (Hornby debe haberse tragado un hongo cuando puso Nelly Furtado, pero gustos son gustos dicen que decía alguien).
Hornby es el autor de esa frase tan sensacional que se debería utilizar como Primer Mandamiento: "Saldría con una mujer flaca, forda, rubia, morocha, pelirroja.... Pero jamás con alguien que escuche a Phil Collins".
Bueno, acá van las 31 canciones que eligió el hombre; para saber por qué compren el libro. Es de Anagrama y está editado en Argentina.

31 SONGS By Nick Hornby

1.-Teenage Fanclub. Your Love is the place where I come from
2.-Bruce Springsteen- Thunder Road
3.-Nelly Furtado- I´m Like a Bird
4.-Led Zeppeliun- Heartbreaker
5.-Rufus Wainwright- One Man Guy
6.-Santana- Samba Pa Ti
7.-Rod Steward- Mama you been on my Mind
8.-Bob Dylan- Can you please Crawl out your Window
9.-The Beatles- Rain
10-Ani Difranco- You Had Time
11.-Aimee Man- I´ve had it
12.-Paul Westerberg- Born For Me
13.-Suicide- Frankie Teardrop
14.-Teenage Fanclub- Ain´t that enough
15.-J Geils Band- First I look at the Purse
16-Ben Folds Five- Smoke
17.-Badly Drawn Boy- A minor incident
18.-The Bible- Glorybound
19.-Van Morrison- Caravan
20.-Butch Hancock & Marce LaCouture- So I´ll Run
21.-Gregory Isaacs- Puff the Magic Dragon
22.-Ian Dury- Reasons to be Cheerful
23.-Richard &Linda Thompson- The Calvary Cross
24.-Jackson Browne- Late for the Sky
25.-Mark Mulcahy- Hey self Defeater
26.-Velvettes- Needle in a Haysack
27.-OV Wright-Let´s Staighten it Out
28.-Röyksopp- Röyksopp´s night out
29.-The Avalanches- Frontier Psychiatrist
30.-Soulwax- Push it- No fun
31.-Patti Smith Group- Pissing in a river

Tags: nick hornby

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Sobre mí

"La pasión por la música es en sí misma una confesión. Sabemos más de un desconocido que la tiene que de alguien insensible a ella que frecuentamos a diario". (Emile T. Cioran)

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